dissabte, 16 de febrer del 2019

El perill de deixar morir la conversa


La Vanguardia, jueves 24 de enero de 2019. Página 2

El perill de deixar morir la conversa
Marius Carol. Director

Sherry Turkle, professora de Psicologia a l’Institut de Tecnologia de Massachusetts, pensa que l’era digital pot posar fi definitivament a la conversa tal com l’hem concebut al llarg de la història. La conversa entesa com a intercanvi en directe entre dues o més persones que expressen oralment les seves idees o afectes. Quan utilitzem la intermediació d’una pantalla digital, a través de la qual emetem i rebem multitud de missatges, establim una comunicació, però no és el mateix. Turkle explica a les pàgines de Cultura del diari: “Mantenir una conversa cara a cara exigeix alguna cosa més que enviar un watsap. Requereix paciència, impedeix retocar el que hem dit i això genera neguit. Per això els adolescents prefereixen enviar-se missatges a entaular una conversa”. Aquesta professora, que acaba de publicar el llibre En defensa de la conversación, es va fer famosa fa uns anys quan en una conferència davant de diversos gurus de Silicon Valley (hi havia des de Jeff Bezos fins a Melinda Gates) va dir en veu alta: “Apaguin els mòbils i comencin a viure”. A ella, que treballa en una universitat que ha fet de la tecnologia la seva bandera, li preocupa que el ciutadà del nostre temps se senti més sol que mai malgrat estar permanentment connectat. I que els missatges i les emoticones substitueixin les paraules i els sentiments. En qualsevol cas, creu que som a temps de recuperar la conversa i tenir una relació sana amb els dispositius electrònics. El drama és que l’univers digital ens allunya de les persones que formen part del nostre món, fent que les comprenguem menys. I internet ens ofereix tal quantitat d’informació que aconsegueix que, al final, no ens involucrem de ple en res.
El llibre de Turkle és una crida d’atenció, un avís a navegants digitals. En cap cas és un assaig contra la tecnologia, sinó més aviat una obra a favor de la relació humana. Capaç de tornar a posar en valor la solitud.


La Vanguardia, jueves 24 de enero de 2019. Página 33

“Si para evitar la confrontación usas un ‘wats’, tu personalidad cambia”
Sherry Turkle, autora de ‘En defensa de la conversación’
N. Escur. Barcelona

Lleva años investigando sobre los efectos de las tecnologías y la era digital en las nuevas generaciones. La neoyorquina Sherry Turkle, socióloga y psicóloga considerada una eminencia mundial en el sector, comparte con La Vanguardia algunas conclusiones de su ensayo En defensa de la conversación que ahora llega de la mano de Ático de los Libros.
¿Por qué los adolescentes temen conversar, lo evitan?
Mantener una conversación cara a cara exige más que enviar un watsap. Conversar requiere paciencia y, sobre todo, impide que podamos retocar o repetir lo que hemos dicho. Esto genera desasosiego, por eso los adolescentes prefieren mandarse mensajes a entablar una conversación. Se trata de comodidad. Quieren comunicarse pero sólo hasta donde ellos deciden hacerlo; quieren revelar su personalidad, pero a través de un filtro.
La tecnología nos permite mantener las distancias
Claro. Y mostrar sólo lo que queremos que los demás vean. Editamos y borramos hasta que logramos el mensaje perfecto. Eso no puede hacerse en una conversación en tiempo real. De ahí el miedo de no poder arreglar su yo. Prefieren el mensaje porque así muestran el yo que les interesa.
Dentro de unas generaciones, ¿habremos dejado de conversar para enviarnos sólo señales digitales? En ese caso, ¿qué rasgos perderá nuestra personalidad?
Tengo la esperanza de que no sea así. La gente es cada vez más consciente de que existe un problema, y ese es un gran paso. Estamos a tiempo de recuperar la conversación y tener una relación sana con los dispositivos electrónicos. Comunicarnos únicamente con señales digitales tendría grandes impactos psicológicos.
Utilizamos una gran cantidad de emoticonos.
Algo bastante peligroso de por sí, porque simplifica nuestras emociones, frivoliza nuestra psicología, nos evita reflexionar sobre nuestra emoción real. Las consecuencias son graves, sobre todo, como ha dicho usted, en nuestra personalidad. Además de dificultar nuestra capacidad de exponer ideas y emociones en tiempo real y de mantener debates profundos, restamos importancia a las emociones y, al no ser testigos de la reacción del otro, es más difícil que podamos ponernos en su lugar.
¿La peor consecuencia de estar enganchado a lo digital?
Esos dispositivos crean una ilusión y es la de que nunca estamos solos. Cuando nos conectamos, se genera la ilusión de que formamos parte de una comunidad y de que esa comunidad nos escucha. Podemos recurrir a la lista de contactos siempre. Pero eso genera un problema grave: el miedo a la soledad.
Tendemos a pensar que estando constantemente conectado te sientes menos solos.
Pero es al revés. Si no somos capaces de estar a gusto en soledad, es más fácil que nos sintamos incomprendidos. Es en soledad cuando reflexionamos sobre cuestiones profundas y nos conocemos. Sólo después de este proceso tendremos la capacidad de conversar y crear relaciones exitosas con otros, porque hablaremos de ideas propias y escucharemos las de los demás, en lugar de proyectar en ellos lo que queremos ver.
También hay una posterior pérdida de empatía.
Existen estudios que demuestran que, en los últimos diez años, ha habido un descenso de un 40% en la capacidad de empatía de los estudiantes universitarios. Comunicarnos a través de una pantalla nos aleja de las personas, nos impide ver sus reacciones e intuir sus sentimientos. Estamos a tiempo de atajarlo. Tras pasar cinco días en un campamento sin aparatos electrónicos, los niños recuperan su capacidad de empatizar y mantienen conversaciones porque no hablan sobre lo que está en su móvil, sino de lo que está en sus cabezas. Es importante que las instituciones sean conscientes de ello.
¿El mundo digital nos hace insensibles?
Por una parte nos aleja de las personas con quienes tenemos la ilusión de estar conversando y, por tanto, de sus emociones. Provoca que cada vez nos comprendamos menos. Y recibimos tal cantidad de información, imágenes y estímulos que, al final, no nos involucramos de lleno en casi nada. Les restamos importancia, cada vez nos afectan menos. Hay cosas que sólo la conversación nos puede ofrecer, y recuperar la empatía es una de ellas.
Es cierto que con las tecnologías somos capaces de decir cosas que jamás diríamos a la cara. ¿Es eso una ventaja?
No lo consideraría una ventaja. Es cierto que la tecnología nos ofrece métodos nuevos de comunicarnos que son beneficiosos: nos hace sentir cerca de personas a las que queremos en momentos importantes, nos hace sentirnos acompañados, escuchados.
Entonces, la tecnología es capaz de beneficiarnos.
Si sabemos utilizarla. En cuanto no la usamos de forma adecuada, se vuelve perjudicial. Si enviamos un mensaje para evitar una confrontación cara a cara o para decir algo que de otra forma no nos atreveríamos, estamos dejando que la tecnología intervenga directamente en nuestras vidas, cambie nuestra personalidad, altere la manera de expresarnos. Es una intrusión demasiado peligrosa.
Advierte usted que debemos corregir el rumbo si no queremos una sociedad llena de ciudadanos con ansiedad. ¿Cómo hacerlo?
Es simple: conversando más. No se trata de desterrar la tecnología de nuestras vidas, sino de crear espacios que propicien la conversación. Si para ello hay que apartar los aparatos electrónicos durante un tiempo porque extinguen las conversaciones, ¡hagámoslo! La simple presencia de un móvil en una mesa a la hora de comer distrae nuestra atención e impide que profundicemos. Sabemos que cualquiera puede alejarse mentalmente del lugar a través del teléfono. Esto provoca que la conversación sea trivial, poco profunda. Por eso debemos crear espacios sagrados, como la cocina, el salón o el coche, para aprender a escucharnos, incluso cuando es aburrido, porque es en esos momentos cuando revelamos nuestra verdadera personalidad. Mensajearse puede mejorar nuestras relaciones, ayudarnos a superar momentos difíciles, pero debemos saber usarlo.
Durante todos estos años de investigación, ¿cómo logró equilibrar su propia realidad?: ¿cuestionaba el mundo digital mientras estaba todo el día metida en él para sus estudios?
Estoy involucrada en el mundo digital para investigar y también porque forma parte de mi época. Por ello muchas veces tengo que frenarme y poner límites. Por ejemplo, me esfuerzo en no utilizar el móvil como despertador, porque tendría consecuencias más allá de la simple tarea de despertarme: generaría la tentación de mirar los mensajes en mitad de la noche.


La Vanguardia, jueves 24 de enero de 2019. Página 32-33

Un futuro sin charlas cara a cara
Hablemos más y fabulemos menos
Estudios y ensayos alertan del peligro del auge digital en detrimento de la conversación
NÚRIA ESCUR, BARCELONA 24/01/2019 01:06
Actualizado a 24/01/2019 09:52

Vivimos sumergidos en un estado de constante conexión. Sherry Turkle lleva treinta años investigando sobre los efectos de las nuevas tecnologías en la sociedad. La socióloga y psicóloga norteamericana, nacida en Nueva York en 1948, está considerada principal eminencia mundial en esos temas y ofrece en su ensayo En defensa de la conversación (Ático de los Libros) los resultados de un estudio de cinco años en el interior de escuelas, familias, grupos de amigos y oficinas de trabajo.

Su proyecto nació el día en que se dio cuenta del miedo que suscitaba el simple hecho de conversar en quienes entrevistaba para sus estudios sociológicos. “Los jóvenes sentían pavor al enfrentarse a una conversación, huían de ella, conversar les parecía demasiado esfuerzo, y responder a una llamada de teléfono les desestabilizaba”.

Mantiene The Guardian que Turkle no está contra de la tecnología, sino a favor de la conversación. Su antídoto es simple: deberíamos hablar más los unos con los otros. Estudió Sociología y Psicología en la Universidad de Harvard, es profesora de Ciencias Sociales y Tecnología en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y ha escrito siete libros sobre la interacción del ser humano con la tecnología.

Esta son algunas de las principales consecuencias sobre el comportamiento que la socióloga detectó en quienes estaban enganchados al mundo digital: 1) falta de empatía (algunos jefes de estudio confesaban que niños de apenas 8 años eran incapaces de ponerse en el lugar de un niño lesionado, le aislaban porque ellos no se habían desarrollado emocionalmente); 2) en las redes se conoce a gente, pero muy superficialmente; 3) sólo sabían pedir disculpas o romper una relación por WhatsApp, lo que les inutilizaba para enfrentarse a la vida real; 4) falta de atención hacia los demás, se crea una coraza de frialdad; 5) creación de una personalidad falsa.

No sólo la conversación interpersonal está viviendo malos tiempos. También peligra lo que entendemos como conversación de masas. En un ensayo de reciente publicación titulado Ironía on, Santiago Gerchunoff proponía “una defensa de la conversación pública de masas” y analizaba pros y contras de ese fenómeno. “Cuanta más conversación, más grandes desfiles de pretensiones, de discursos afirmativos más o menos dogmáticos. Y estos discursos están repartidos entre la gente, vulgarizados, hiperbolizados, hiperideologizados, moralizados”. Para Gerchunoff, esto produce un brote “como modo de supervivencia de la propia democracia, del ironismo por todas partes, como un hierbajo purgante que no da frutos, pero que no deja de extenderse con la conversación”.

Escribía Samuel Johnson en The Rambler –¡ya en 1752!–: “: hemos hablado bastante, pero no hemos conversado”. A criterio de Turkle eso sigue siendo así, hemos intensificado la comunicación más superficial y debemos corregir el rumbo si no queremos, dentro de unos años, amanecer en una sociedad llena de ciudadanos con ansiedad crónica. “Recibimos un chute neuroquímico cada vez que nos conectamos”. Curiosamente, lo que genera ansiedad a algunos jóvenes es todo lo contrario: la conversación.

“Cuando las familias me cuentan que airean sus problemas por correo electrónico o por mensaje de móvil para evitar la tensión del encuentro cara a cara –continúa Turkle–, o cuando escucho a vicepresidentes de grandes empresas describir las reuniones de trabajo como ‘un tiempo muerto para vaciar el buzón de entrada de correo’, lo que me trasladan es un deseo de divertimento, comodidad y eficiencia. Pero también sé que estas acciones impiden que la conversación cumpla su función”.

Y si la conversación mengua el silencio, el silencio social gana terreno. La escritora Sara Mesa lo entendió meridianamente un día en que, paseando con una amiga por Sevilla, se acercó a una mujer que mendigaba. Conoció su circunstancia. De ahí nació el librito Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático (Anagrama), que nos obliga a reflexionar sobre todo ese catálogo de silencios, muros burocráticos que aíslan, que practican la no respuesta ante la demanda, a veces desesperada, de un ciudadano. “Muchos se quejan de no haber recibido respuesta tras varios meses de presentar su solicitud. Otros cuentan que les pidieron documentos que ya habían presentado...”, explica Mesa para ejemplificar ese despropósito de incomunicación. “El periodismo tiene también su responsabilidad y no debería contribuir a la creación de una percepción social de la pobreza llena de estigmas, estereotipos y prejuicios”. Todo, desde el silencio como arma arrojadiza.

Otra cosa es buscar momentos de silencio en el espacio familiar. Porque también ese silencio tiene su significado. Explicaba Gregorio Luri (“el grado de atención es el nuevo coeficiente intelectual”) en Elogio de las familias sensatamente imperfectas (Ariel) que la “capacidad para disfrutar del silencio es una actividad, no un quedarse quieto. De hecho, los antiguos romanos ponían a sus hijos el ejemplo de un adolescente llamado Papirio que ‘sabía cuándo hablar y cuándo permanecer en silencio’”.

¿Por qué ya no hablamos nunca? Uno de los adolescentes entrevistados en el estudio de Turkle le respondió: “Es que la conversación es algo que ocurre en tiempo real y no controlas lo que vas a decir. Es un susto. Te obliga a encontrar la ­respuesta correcta automáticamente, te agobia. Te compromete”.

“¿De dónde vienes? ¿De ningún sitio”. Citaba esta conversación Gregorio Luri en La escuela contra el mundo. El optimismo es posible (Ed. CEAC). No parece que extrañe a nadie ese corto diálogo cuando imaginamos ese intercambio de palabras entre un progenitor y su hijo adolescente... “Si no fuera –recuerda el doctor en Filosofía y profesor de bachillerato– porque esas palabras se hallan en una inscripción sumeria que tiene como mínimo 3.700 años de antigüedad”.

Las claves
1- Una de las principales consecuencias del enganche digital en niños y adolescentes es, según los expertos, que su empatía disminuye o desaparece. Dejan de percibir el dolor en los otros, o minimizan su sufrimiento.

2- Muchos adolescentes sólo saben gestionar sus sentimientos por vía digital. Cortan sus relaciones sentimentales por WhatsApp, lo que les dejará indefensos, en un futuro, para la vida real.

3- Uno de los consejos más habituales de los expertos es practicar con el ejemplo. No dejar el móvil sobre la mesa cuando se está comiendo, no atender al segundo cada wats, no mantener los dispositivos abiertos de noche...

4- La creación de una personalidad falsa es otra de las secuelas del enganche digital. Fabular genera que cada vez la exageración vaya en aumento, se aleje del verdadero yo y cree dobles personalidades.

5- No sólo la conversación interpersonal está perdiendo terreno. También la conversación pública, de masas. Ganan espacio, en cambio, los silencios administrativos, los muros burocráticos, la no respuesta social.

Algunes perles del llibre de Sherry Turkle dins:

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