dimarts, 14 d’octubre de 2014

Reducción y combate del animal humano de Víctor Gómez Pin

Encara no l'he llegit però pinta força bé a partir de La Contra de La Vanguardia del 14/10/2014 signada per Ima Sanchis. En molts aspectes coincideix amb la filosofia humanista de Erich Fromm, per exemple en Psicoanàlisi de la Societat Contemporània.

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20141014/54417080876/la-genuflexion-no-es-una-actitud-decente.html

Si a los animales de lenguaje se nos mira el diente, tengo una edad tremenda: 70 años. Soy catedrático de Filosofía de la UAB. Vivo solo. Soy hijo de la revolución francesa y del ideario de la revolución de octubre: fracasamos. Soy laico, pero confío en que el lenguaje redime.

La deriva
En su ensayo Reducción y combate del animal humano (Ariel), Gómez Pin retrata una deriva de nuestra sociedad desoladora. El ser humano de hoy, prisionero de un trabajo que teme perder, prisionero así de la subsistencia, y distraído con un ocio embrutecedor, no puede desplegar las capacidades que como animal humano le caracterizan: su disposición al arte, la ciencia y la filosofía, y queda reducido así a mero ser vivo. No busca chivos expiatorios, sólo se pregunta cómo es posible que la sociedad haya originado un mecanismo que hace imposible la realización de la humanidad. Pero ni las condiciones educativas ni los proyectos políticos ayudan a corregir esa deriva.

No nos quejemos, que al menos tenemos trabajo...
Esa frase que se oye por doquier es espantosa.

Ni patalear puedes.
Que la dialéctica entre trabajo embrutecedor y pavor a perder ese vínculo esclavo se haya convertido en el problema esencial de la existencia es insoportable.

Desolador.
A la polaridad trabajo embrutecedor y ocio más embrutecedor todavía, yo opongo un trabajo en el cual fertilizas tu condición como ser humano, y la fiesta.

Fiesta en lugar de ocio, interesante.
Sí, porque no tiene nada que ver con el escapismo ni con el ocio embrutecedor.

Es difícil que todos desempeñemos un trabajo que nos satisfaga.
Hay que barrer las calles, de acuerdo, pero que haya una persona cuyo único destino sea barrer las calles doce horas y que tenga como complemento el mando de la tele para hacer zapping es una tristeza.

¿Y?
Que si se cumplieran los convenios colectivos, el camarero, que trabaja doce horas y cobra ocho, podría estudiar filosofía. No hablo de utopías. Es un desprecio considerar que una gran parte de la humanidad no tiene derecho a nada más que a sobrevivir.

El animal humano debe desarrollar su capacidad de pensar y de crear, dice.
Sí, porque eso es lo que nos define como humanos. Pero confundimos la paideia, es decir, desplegar todas las posibilidades que cada uno lleva dentro, con la instrucción.

Entiendo.
El hijuelo del águila tiende al vuelo. Aristóteles dice que lo que deseamos y lo que está en nuestra naturaleza es simbolizar y conocer. La otra concepción de la humanidad es la de burro de carga. En los últimos veinte años se ha degradado el trabajo, la educación y los proyectos políticos. Nos hemos instalado en el nihilismo.

Puro escepticismo, nada tiene sentido.
Ese modelo hace imposible el pensamiento salvo como rebeldía. Y el que cree que puede encontrar una isla, en la que poder dedicarse al arte o al conocimiento, simplemente es poco lúcido, porque la riqueza de la condición humana es coral.

Los humanos soportamos lo más duro siempre que tenga sentido.
Lo que no podemos soportar es el mal arbitrario, que hoy abunda: el tú trabaja a destajo, que yo robo los impuestos.

¿Qué posibilidades nos deja?
Sólo tres: la genuflexión (que no es una actitud decente), la rebeldía o tirar la toalla. En Europa hemos tenido muchos casos de suicidio social. Que la sociedad te empuje a matarte es intolerable. ¿Recuerda Télécom?

Treinta y dos personas se quitaron la vida por los despidos y condiciones de trabajo.
La sociedad debería ser una razón para vivir y poder desarrollarnos mediante el conocimiento, el arte, la poesía, la fiesta...

Hoy permiten conciertos en los que rebelarse rodeados de policía.
Sí, la canalización. Tenemos parodia de fiesta (porque la fiesta es libertad), y así canalizan la frustración brutal que la vida individual conlleva para que no exploten. Vi una cosa muy triste.

¿Más triste todavía?
Este verano vi la terrible cola al sol para acceder al Museu Picasso. Aquello no tenía nada que ver con la natural inclinación del ser humano al arte, era un sistema de obediencia como otro cualquiera: vienes a Barcelona y entre las cosas que debes hacer, llueva o estés a 40 grados, es ir al Museu Picasso.

¿Como si fuera una obligación?
Sí, la de cultivarse. ¡Picasso estaría escandalizado!

Estamos domesticados.
Un perro que sirve en el campo es un lobo domesticado, con sus instintos canalizados, pero no reducido. La reducción es otra cosa, te mutila facultades esenciales, y creo que nuestra facultad de simbolización y de conocimiento están menguadas.

¿Hasta qué punto?
No hay pueblo sin música, presente en los momentos esenciales de la vida. Lo terrible es que un niño acabe reconociéndose en una parodia de la música. No hay que enseñar a la gente a ser sensible a Mozart, hay que evitar que deje de serlo. La educación es fertilización de lo que llevamos dentro.

¿Nacemos filósofos?
Sí, las interrogaciones de un niño no corrompido por la educación son las más elementales, pero para responderlas se necesita toda la historia del arte y la ciencia.

¿Corrompido, dice?
La educación identificada con la instrucción es mutiladora. No podemos concebir el conocimiento para producir instrumentos al servicio de la subsistencia, porque al animal humano no le basta con subsistir.

¿Y nuestros jóvenes?
Están condenados a la esclavitud si no cambia la sociedad.

"Yo en mis cadenas soy rey".
Pero Aristóteles hizo mucho más por la esclavitud que los estoicos al decir que liberar a sus esclavos era la única posibilidad de humanizarlos.

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